El hombre que vendió el mundo
El hombre que vendió el mundo
Reflejo titilante
del umbroso lóbrego rezo astral,
distorsionado cantar célico
que entenebrece el alma,
lágrima cenicienta,
vestigio sombrío de súplica desistida,
evangelista perturbado
por el llanto
de los ángeles descendidos;
aciago relato áureo
de un milagro furtivo,
profesante fulgor fatídico,
funérea disculpa lasciva,
virtud doliente del designio,
huraña peripecia de onírico insomne,
clamor asolado de lamento nocturno,
precita venia contrita
al umbral
de los contusivos labios de Dios.
Imploro,
al hombre que vendió el mundo,
porque tenga razón:
y..., mi alma adolecida
sirva de compañía
al desamparado hermano
que yace
al otro lado
de este sepulcral silencio.
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